El aviso aparece en la pantalla del celular: “Su pedido está en camino”. Tres palabras breves. Lo que sigue, sin embargo, dista mucho de ser simple. La última milla —ese tramo que separa una bodega del timbre de una casa— es donde la logística chilena se vuelve menos estadística y más humana.
En las oficinas se planifican rutas limpias, con tiempos ajustados y cuadros de colores que prometen orden. Pero la calle tiene su propio guion. Un repartidor que frena para esquivar un perro, otro que se baja a preguntar una dirección que Waze insiste en confundir, una moto que se hunde en un bache que no aparece en ningún mapa. Ahí se juega la reputación de una empresa, aunque en el Excel parezca apenas un tramo más.
Lo saben bien quienes trabajan en temporada alta. Black Friday, CyberDay, Navidad, eventos marcados a fuego en cualquier calendario de logística o contenido. Semanas en que las promesas publicitarias compiten con la capacidad real de las calles. Muchos repartidores manejan con esa presión muda: llegar rápido, llegar bien, no equivocarse, no llamar demasiado la atención. A veces, ni ellos mismos pueden explicar cómo lo lograron en un día de lluvia o en barrios donde estacionar es una odisea.
Ahí entra la telemática, no como fiscalización, más bien como una manera de comprender lo que realmente ocurre. Los datos muestran rutas que funcionan mejor de noche, zonas donde se pierden cinco minutos por entrega, o sectores donde los reintentos son la regla y no la excepción. La información no soluciona el caos, pero lo ilumina.
La última milla es emocional porque lleva expectativas a cuestas. Cada paquete es una promesa. Y cuando algo falla, no se culpa al clima ni al tráfico. Se culpa a la marca, ahí es donde el prestigio entra en juego. Y es una regla tácita del comercio moderno.
Por eso, más que velocidad, lo que hoy falta es lectura honesta del proceso. Aceptar que los repartidores no solo mueven cajas o conducen de punto A a punto B, los conductores son quienes sostienen la última pieza del vínculo con el cliente. Que necesitan herramientas, sí, pero también margen para decidir. Y que detrás de cada entrega hay una mezcla difícil de administrar: presión, oficio y una ciudad que, cada día, se comporta de manera distinta.


0 comentarios